Agur, Loewe

Agur, Loewe

En otoño de 1990 cruzaba por primera vez la puerta de la boutique Loewe de Bilbao. Tenía 15 años y mucha curiosidad. Me convertiría en adicto a la calidad y belleza de sus creaciones, hasta el punto de la obsesión. Este mes, 27 años después, en una entrevista que Itxaso Elorduy me hace en la publicación Bilbao, figura este titular: “Loewe Moyúa fue mi iniciación en el buen gusto”.

El que llegó a ser en otros tiempos el Hermès español, poco o nada tiene que ver hoy con lo que fue. Su brillo y aura se fueron disipando, hasta el punto de que en 2013 cerraron aquella gran boutique que me cautivó en mi adolescencia y en mi primera juventud. Se trasladaban a El Corte Inglés.

Hoy, los gerifaltes de esta marca nacida en Madrid en el siglo XIX, con nombre alemán y gestionada por franceses que tienen a un norirlandés como director artístico, deciden irse de Bilbao, adonde la firma había llegado en 1961. Se cierra por completo el ciclo Loewe en la Villa, un ciclo que para los que conocimos el Loewe auténtico, se empezaba a comprimir a finales de los 90, cuando comenzaría el desfile de creadores extranjeros a la cabeza del diseño: Narciso Rodríguez, Oña Selfa…

Viendo una exposición en París del fotógrafo japonés Kyoichi Tsuzuki que retrataba a paisanos suyos auténticos locos por la moda, a mujeres y hombres que se rodeaban en su minúsculo apartamento de Tokio de los objetos de su marca favorita, decidí hacer en 2003 mi particular homenaje a la firma que me había cautivado desde mi adolescencia. Mi buen amigo E. Moreno Esquibel, me retrataba así –foto que ilustra este post– rodeado de mis objetos Loewe, que fui adquiriendo entre los años 90 del siglo XX y la primera década del XXI.

Mi marca fetiche durante la mayor parte de mi vida, con la que llegué a colaborar, con dos charlas, una en la tienda de Bilbao y otra en la de París. Loewe, donde hice amigos, compré a mi madre un bolso por su 40 cumpleaños –luego seguirían otros–, llevé a amigas y novias, bebí champán Pommery –cuando pertenecía al Grupo LVMH– y Moët & Chandon, quedé impresionado por el estilo de algunas de sus empleadas, me regalaron perfumes y abanicos, vi desfiles, saludé a señoras bien, coqueteé con chicas menos bien… pero sobre todo donde me inicié en la calidad, en lo bien hecho.

Es verdad que mi ciudad se queda sin un referente, sin LA boutique monomarca de alta gama. Es como cuando Hermès se fue de Brescia, Metz o Aviñón, bajando de algún modo esas ciudades a segunda división. Guardo el recuerdo de sus otrora impresionantes escaparates de Moyúa y Gran Vía, 39. Estando en el Casco Viejo, era capaz de subir hasta allí un domingo por la tarde, solo por el placer de disfrutar de la explosión de belleza de sus vitrinas. Esos recuerdos, a pesar de la partida de Loewe de Bilbao, no me los arrebata nada ni nadie.