Adiós, usted; hola, tú

Adiós, usted; hola, tú

La costumbre del tuteo ha llegado hasta al Banco. Y no en boca de la persona que tienes enfrente, sino en la de alguien que está al otro lado de la línea telefónica, que ni te ve ni por supuesto te conoce. Donde antes te decían, “Buenos días, don Abraham, ¿en qué puedo atenderle?”, ahora cae el don y el verbo acaba en “erte”.

Lo señalo al Departamento de sugerencias del que es el Banco español más importante y rico, y uno de los más fuertes en Europa, y me dicen que han cambiado de política, para llegar a un público joven, y que soy el único, hasta el momento, que les transmite una cierta incomodidad al respecto. Añaden, además, que si quiero ser tratado de usted, no lo tengo más que comunicar a la operadora u operador que en cada momento me atienda. ¡Tiene su gracia, pedir que pasen del tú al usted, cuando por lo general suele ser al revés!

La primera vez que me chocó oír el tú en una empresa fue cuando monté en una compañía aérea de bajo coste, donde también para hacerse con el público joven, usaban el tú al dirigirse a los pasajeros. Por fortuna, eso cambió, volviendo al usted.

Desde pequeños oímos en casa que a la gente mayor no debíamos tratarla de tú. Y a los de nuestra edad o más jóvenes, excepto a los niños, añadiría quien esto suscribe: no es la forma en la que hemos de dirigirnos solo al anciano y al jefe, sino también a la señora de la limpieza, al mecánico, al chófer de autobús, a la ministra, al policía, a la cajera del supermercado… A todos y cada uno de los seres humanos que no conocemos y vamos encontrándonos en nuestro camino.

Tratar de tú es la costumbre, lo que se lleva. Rejuvenece, pero es también romper una barrera sin pedir permiso a quien te diriges. Es quebrantar una distancia, crear una falsa cercanía, un colegueo que no surgió de modo natural. La prisa, la ausencia de referentes, la falta de saber vivir y sobre todo las modas han hecho este y otros estragos. Sobre todo en culturas del sur, como la nuestra, donde curiosamente, en otros tiempos, hasta había quien trataba a los padres de usted. Y no eran pocos.

Hábito de las nuevas generaciones, así como de las viejas, que para sentirse más jóvenes han adoptado el tuteo. ¿Y desde cuándo este vicio, esta manía? Esther Tusquets, en su libro Pequeños delitos abominables, escribe que “esa pugna, en la que el usted va perdiendo inexorablemente terreno, es, al menos en parte, resultado de una batalla que iniciaron –que iniciamos– los progres de los años sesenta. Parecía –y les sigue pareciendo a muchos– una medida igualitaria, izquierdosa, un modo más de eliminar las diferencias de clase”. Tusquets menciona además la tesis en contra del tuteo que escribiera el pensador Gabriel Ferrater.

¿De qué nos conocemos? ¿Estudiamos juntos, nos une la amistad o tenemos algún parentesco? Si no se da, por ejemplo, ninguno de estos casos y si, por supuesto, nuestra interlocutora o interlocutor no nos solicita que lo tratemos de tú, el usted es de rigor… hasta en la intimidad.

¿Sabían que hay matrimonios que se tratan así, en Francia? Y eso no les hace quererse menos, sino de otro modo, y en algunos casos mucho más intensamente. En Colombia, el usted está de lo más extendido, hasta en el terreno familiar y de amistad. Para que luego digan que separa. Lo que separa es, por ejemplo, “el insulto mental”, que “solo admite el tuteo”, como ha dicho Marías.

Si de un tiempo a esta parte fue el adiós, usted; hola, tú; reivindico el “adiós tuteo, por tuteo, y qué bien que regresa, usted. Le echábamos de menos”. De hecho, a mis alumnos de Másters y cursos, los trato de usted, y en algunos casos añadiendo el término señora o señor a su apellido. Les debo respeto, aunque ellos me respondan de tú. Eso no le gusta en absoluto a Emmanuel Macron, presidente de Francia, a quien un adolescente le saludó hace no mucho en la calle, y en un acto nacional, con el diminutivo de su nombre; con un “¡Qué pasa, Manu!”. Él le respondió con rotundidad: “Me llamas señor presidente de la República, o señor”.

En España, más de una vez nos hemos encontrado con gentes que te sueltan “es que yo no puedo tratar de usted; no me sale”. No son pocos quienes piensan que tratando de usted se erige una gran barrera, un gran muro entre nuestro interlocutor y nosotros. Hay distancia, sí, pero una distancia natural, cortesía, respetuosa. Ni aún tratando de tú, cuando nos inviten a ello, habremos de quebrar ese espacio humano.

(artículo publicado originalmente en el diario El Correo, 24 junio 2018)