Calidad versus cantidad

Calidad versus cantidad

Leíamos en el diario El Correo que “el abuso de proveedores baratos y de baja calidad ha acabado por ahogar a La Naval”. Si ya rezaba el refrán aquello de que “lo barato sale caro”, no pretendo achacar la actual situación de uno de los últimos bastiones de la industria pesada vasca y española a lo mencionado. Viene a colación porque da pie para tratar un tema, el de la calidad, que lamentablemente cada vez brilla más por su ausencia en nuestra sociedad postmoderna, la del usar y tirar. Si el made in China de hace más de una década nos llegó con cierto exotismo, ahora de repente nos percatamos de su omnipresencia en nuestras vidas, pareciendo ser ya tarde para remediarlo. Este fue conquistando mentes y bolsillos, junto a otros lejanos made in (Bangladesh, Camboya, Vietnam…)

Fenómenos como el low cost (bajo precio) arribaron al compás, hasta tal punto que en algunos casos han llegado a desplazar a históricas instituciones. Esto ha ido creando la mentalidad entre una inmensa mayoría de consumidores de que barato ha de ser la condición sine qua non a la hora de adquirir un producto. Poco importa el origen de producción de un alimento, unos pantalones, un fregaplatos…, siempre que el precio de este sea bajo. ¿Que no se fabrica en suelo vasco, español o europeo? No pasa nada, para esa mayoría de compradores que prefieren (mucho) que les saque del paso a (poco) que les dure.

El siempre avispado y poderoso marketing nada a sus anchas, en territorio abonado y ganado, y en cualquier sector industrial, donde el de la alimentación es uno de los más rentables. El afamado chef francés Thierry Marx tiene claro que los alimentos industriales los pagamos tres veces más caros: “la primera vez en la caja, la segunda en la Seguridad Social, y la tercera al ir a limpiar las playas de Bretaña, invadidas de algas verdes a causa de una agricultura dopada de pesticidas”, tal y como señalaba este verano al semanario galo L’Obs (nº 2749).

Del fast food (comida rápida) podríamos pasar al fast fashion (moda rápida), principal culpable de que esa industria, la de la moda, sea la segunda mayor contaminante en el mundo, después de la petrolera. Es triste pero muchos prefieren ir fashion sin importarles las condiciones laborales de quienes confeccionaron a miles de kilómetros y a cambio de escasas monedas lo que ellos portan. Ya nadie parece acordarse –o querer acordarse– de aquella tragedia de 2013 en Bangladesh.

Urge una mayor concienciación a la hora de consumir, dedicar tiempo, dejarse aconsejar por los que saben, leer más las etiquetas, tener en cuenta los orígenes de procedencia… y sobre todo una vez que estemos militando en la liga de la calidad versus la cantidad, transmitir a los demás esta filosofía, donde se ha de estar dispuesto a pagar más por menos, aunque haya quien nos tilde de chiflados.

No se trata de aniquilar el mercado capitalista, sino de hacer que tome un rumbo más cuerdo. Nadie mejor que nosotros, los consumidores, para enderezar ese destino: lograr que el sistema esté a nuestro servicio, y no al revés, como ocurre. Que nuestra sociedad recobre cierta cordura. Además, esto haría reflexionar y modificar positivamente el camino de multitud de empresas, como ya está ocurriendo en el referente al medio ambiente. Tras la gran crisis que comenzó en 2008 y que para muchos parece como que no existió –¡qué corta es la memoria!–, un número importante de empresas nacionales que habían decidido instalarse en Asia, volvieron a suelo español, no crean que como gesto patriótico, sino porque les resultaba más rentable fabricar aquí. Lo mejor era que volvían a crear puestos de trabajo.

Apostemos por un consumo cada vez más consciente y sostenible, teniendo en cuenta la ética en los procesos de fabricación. Responsable y de cercanía, que proporcione trabajo a los buenos profesionales que se hallen más próximos a nosotros, así como a las empresas que al mismo tiempo velen por el medio ambiente. Y donde por supuesto –esto es esencial– nuestras instituciones se involucren.

En paralelo a la corriente slow life (vida lenta) y sus vertientes referidas a la gastronomía (slow food), la moda (slow fashion) o la educación (slow education), hay iniciativas como el plan de la Unión Europea de frenar la obsolescencia programada: que las empresas creen productos que puedan ser reparados con facilidad. Que no resulte por tanto más barato el comprar una nueva lavadora, nevera, impresora…, a llevarla al servicio postventa. Se avanzan beneficios fiscales para aquellas que lo lleven a cabo. Apoyémoslas.

No hablamos de un mundo ideal, ni utópico, sino de poner en práctica una filosofía de vida diferente. Consumir, por supuesto, pero con cabeza, y apostando siempre por la calidad antes que por la cantidad. Y que más que nadar en las “prisiones de la abundancia”, como lo hacían los protagonistas de Les choses de Georges Pérec, acumulemos experiencias; invirtamos en ellas, sin olvidarnos de que no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita

(Artículo publicado originalmente en el diario El Correo, País Vasco, España, el 12-IX-2017)

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