Aquellos veranos

Aquellos veranos

Sin nostalgia, con el mero propósito de disfrutar de la memoria selectiva, el estío me trae retazos de recuerdos de los veranos de mi infancia. Finales de los años 70 y principios de los 80, sin Internet, ni móviles, cuando los coches no contaban con ABS ni cinturones traseros, ni era obligatoria la silla infantil, a la hora de transportar niños…

Mi verano olía a campos de naranjos, a cálido salitre que traía la brisa de la costa mediterránea, a ensaimada matinal, a arena ardiente a las tres de la tarde, allí, a dos pasos de Denia, pero en tierras de Valencia, sobre todo a tiempo y diversión. Eran meses frente al mar, de lo más nómadas, por el modo en que los pasábamos, en una caravana, que al llegar agosto engancharíamos al GS X2 de mi padre y recorreríamos diversos países de Europa. La de aquella Europa donde se necesitaban pasaportes, en algunos casos además visados; la de las fronteras, las esperas, la que ya olvidamos y sobre todo los veinteañeros de hoy desconocen.

Ya digo, nada de nostalgia por aquellos veranos, en aquel camping, donde el jueves por la noche era especial, por la orquesta que llegaba al camping a interpretar temas clásicos de la época y lugar, como el Moros y cristianos. Quien esto escribe se mostraba eufórico por bailar con mujeres que, en la mayoría de ocasiones, le doblaban y hasta triplicaban la edad. Entonces, el verano era verano, es decir, la temperatura era acorde con la estación, no como ahora, que puede llegar a nevar en primavera y hacer un más que sofocante sol a finales de noviembre.

Los cascos de las botellas se devolvían en el supermercado, donde nada portaba la etiqueta made in China, incluidos los cubos y demás juguetes infantiles; se ofrecían muchos menos productos, y hablar con Amparo, la encargada, que te llamaba por tu nombre y sabía qué era exactamente lo que solías llevar, resultaba un deleite. Veranos de playa, de baños marinos, de largos paseos al caer la tarde, del primer flechazo por una mujer, por Sara, de Alcoy, y también de conquistas frustradas, por el miedo al rechazo del niño, ese mismo que había mandado a su primo a seguir a aquella chica que le gustaba; de televisión, frente a Verano azul y años más tarde El coche fantástico y V; de pedaleos en bicicleta hasta el pueblo, al que desde finales de junio llegaba El Correo y uno ya apuntaba maneras y lo compraba, como el Abc, no por su línea editorial –entonces desconocía ese término–, sino porque era de tamaño revista, grueso, hasta en verano, y había mucho más para leer al mismo precio.

Veranos largos, en momentos interminables –aquello sí que era un veraneo–, en el que se agradecían las visitas, como la de Vicenta, que llegaba en su R-5 amarillo, que me entretenía limpiando; o los abuelos, de sorpresa… El de las tareas escolares, que las había, por culpa de que a lo largo del año no se había trabajado lo suficiente. Tareas de las que uno se evadía más de una vez observando un escarabajo pelotero realizar su función: la de hacer desaparecer los excrementos que los animales habían ido dejando en la arena.

Aquellos veranos no eran mejores ni peores, simplemente diferentes, donde se tenía menos, pero se vivía más, sin la consciencia del paso del tiempo. Porque la infancia, “mi patria”, como la llamó Delibes, donde la espontaneidad lo inunda todo, es un periodo de dicha, en general. Un tesoro, lamentablemente no para todos los niños, que guardamos en nuestro interior. Hoy, he decidido ir a mi mente y destapar retazos de mi estío.