De marcas favoritas

De marcas favoritas

En muchas de las entrevistas que me hacen, siempre sale la pregunta, ¿cómo te adentraste en el mundo del lujo? Yo respondo que fue a los 15 años, cuando traspasé las puertas de la boutique Loewe de Bilbao. Me compré una colonia para caballero, no por la colonia en sí, sino porque quería sentir la experiencia de una gran firma: ver de cerca sus creaciones de fina piel, oler esa combinación de curtidos, las esbeltas dependientas…, y por supuesto sentir lo que era adquirir un producto, aunque fuera un simple perfume en talla pequeña, en ese lugar. No me defraudó, sino todo lo contrario. Tanto me gustó esa experiencia en esta marca que dos días más tarde la repetí. Aunque con menos dinero, porque a aquel adolescente el precio de una fragancia le había dejado su pequeña economía temblando, mi siguiente adquisición fue un jabón. Sí, probablemente el producto más asequible de Loewe. Al mes volvía, a por un pañuelo de seda de bolsillo, luego una corbata… Esa fue, como he dicho en más de una ocasión mi escuela del lujo, del buen gusto.

De aquello han pasado algo más de cinco lustros, y aquel muchacho luego se dedicaría al periodismo de moda, probablemente para estar más cerca de esas y otras maravillas, para disfrutar de ese mundo y relatarlo. He asistido a grandes desfiles en medio mundo, a centenares de colecciones de costura y prêt-à-porter…, aunque lo que más me ha eclipsado ha sido y es visitar los talleres, el lugar donde un boceto se hace realidad. Si en mi lista de nombre favoritos, aparte del Loewe de mis primeros tiempos, figuran Hermès, Loro Piana y Etro, ahí también hay un lugar para Delvaux.

Cuando conocí la firma, allá por mediados de los 90, me sedujo su escasa difusión, junto a las formas minimalistas de sus productos. También me llamó la atención el hecho de que fuera belga, cuando el Made in France y Made in Italy lo acaparan prácticamente todo en la alta gama. Llegaría su 180 aniversario y la ocasión de conocer en Bruselas sus talleres, su historia y hasta la exposición que el MoMu de Amberes le dedicaría meses después, cuyo catálogo guardo como material preciado. Desde entonces la he seguido muy de cerca, adquirido algunos de sus productos, regalado varios y provocándome una gran satisfacción cuando los obsequiados descubrían la firma por vez primera.

En mis clases del Máster de Comunicación en Moda y Belleza Vogue-Universidad Carlos III, donde soy profesor desde hace 7 años, siempre les hablo a las alumnas del nombre de la marroquinería más antiguo del mundo –se creó en 1829, un año antes que Bélgica–. Resulta una maravilla ver que de unos pocos años a esta parte se está internacionalizando cada vez más, aunque lo hace poco a poco, abriendo tiendas en mercados clave, como París, Londres, Tokio, Hong Kong, Dubai… Pronto lo hará sin duda en Nueva York. Al inicio de la recién finalizada Paris Fashion Week, en la que se ha presentado el otoño-invierno 2016/17 femenino, veía con orgullo cómo el website de la casa elegía una foto en la que aparezco con uno de sus bolsos, el Pin Cabas Toile Sangle, por una calle del barrio de Saint-Germain-des-Prés. Una linda manera de recompensar mi pasión por lo bien hecho y sobre todo aún de nicho.