Madame Loewe

Madame Loewe

Quienes me conocen, saben que con 15 años me adentré en el universo de lo bien hecho, de la calidad con mayúsculas, por la puerta de Loewe. Fue gracias a la tienda de Bilbao, el templo del gran lujo para mí a principios de los 90. Esto determinaría mi vida, personal y profesional, llegando a dedicarme a lo largo de muchos años al periodismo de moda. Una etapa de la que no reniego, pero que cada vez la veo más lejana, menos familiar.

Si bien me imponía atravesar la puerta de entrada al mencionado establecimiento, oler las fragancias que destilaban sus cueros, ver la belleza de las formas de sus bolsos, la elegancia con la que se movían algunas de sus dependientas, tocar la seda de sus pañuelos…, me sumergía en un mundo fuera de lo común. Era mi Disneyland, el de un niño -adolescente en ese momento- que siempre quiso ser mayor, para que lo trataran con credibilidad, de igual a igual. Además, en Loewe se dirigían a mí de usted.

Pues bien, toda esta introducción, para hablar de la mujer a cargo de aquella gran boutique que durante más de medio siglo ocupó la mejor esquina de Bilbao. Inés Miján, erguida rubia, fumadora, con clase y agilidad, profesional como ninguna… Quien esto escribe, acudía periódicamente a comprar un perfume, un jabón, una baraja de cartas -sí, que aún tengo, aunque no sé dónde-, un llavero, una funda en ante… -esas serían las compras de aquel jovenzuelo, que crecería con la firma española, cuyo cierre de tiendas, como ocurrió con la de Nueva York, le afectaría como cuando tu equipo de fútbol pasó a segunda; y no exagero-; objetos «asequibles» para el bolsillo de un chaval que ahorraba con el objetivo de su próxima visita a Loewe. Si al ir me encontraba o veía de lejos a Inés, era un plus, saliendo más tarde del olimpo del lujo, de aquel reducto de dos pisos, como quien vislumbró a uno de sus modelos. Porque, para mí, Inés Miján fue un modelo de elegancia; esa señora con la que a uno le hubiera gustado pasar tardes, hablando de lo vivido, de lo bien hecho. Con los años y más capital, seguiría rodeándome de objetos de Loewe, mi marca fetiche, regalando bolsos y pañuelos a mi madre, hermana, abuela… Y hasta entrevistaría a Inés (enlace aquí).

Se jubiló hace 19 años y muy de cuando en cuando nos cruzábamos. Las últimas veces, el pasado verano. Me trajo un par de fotos en las que se nos veía en uno de los eventos en la tienda, allá por 1996. Me encantó compartir momentos con ella, a pesar de que me asustó ser consciente de que el tiempo no corría en balde, y que aquel chico de 15 tenía casi 30 más, y aquella señora que conocí con 53, sobrepasaba los 80.

Hace unas semanas, Inés Miján se fue a otro universo, no terrenal, y con ella una época de esplendor. El Loewe que le sucedió tras su jubilación, se fue alejando del que yo conocí y amé, hasta tal punto de no significar prácticamente nada hoy en día, para muchos de mi generación y anteriores. Nos queda el recuerdo de las experiencias vividas; pequeño gran patrimonio.

(Para leer el obituario que le dediqué a Inés en la edición digital del diario El Correo, pulsar aquí).