Puro chocolate

Puro chocolate

De pequeño tenía una gran debilidad por los chocolates de la marca española Valor. Un ritual muchos domingos era ir con abuela y hermana a una reputada chocolatería de Algorta, la localidad costera en la que residía, a disfrutarlo a la taza. El pasado verano repetí el ritual en familia, aunque ya sin la abuela, que nos dejó 7 años atrás. No fue igual, quizá porque la nostalgia de tiempos pasados me envolvió un tanto aquella tarde, aunque resultara un momento de lo más dulce.

Si de niño uno adoraba el chocolate blanco y el con leche, con los años el paladar –como todo– se va afinando, dejando de lado los mencionados, y concentrándose en el negro, aunque no en todos, porque calidades hay muchas. He llegado a probar hasta muy puros, como en Módica (Italia), adonde llegué desde Siracusa en un interminable viaje en coche. De Moscú traje chocolate, uno típico, donde aparece el dibujo de una niña, y que probablemente vale más por el continente que por el contenido. Sin duda, como el cacao latinoamericano no hay ninguno.

Regalar y recibir buenos chocolates es una delicia. Tengo un buen recuerdo de los de Oriol Balaguer, creaciones barcelonesas que descubrí en París, gracias a mi amigo Jon Aguirre. Siento especial debilidad por los suizos y belgas, como los de Pierre Marcolini, aunque también hay franceses extraordinarios, caso de Patrick Roger, gran escultor además; Pierre Hermé, también conocido por sus macarons, y Michel Cluizel, del que destaco sus propuestas de plantación. Un nombre que recuerda a Hermès –que no Hermé–, aunque con cajas marrones –color por excelencia del chocolate- es La Maison du Chocolat.

Y sobre esta firma me quiero detener, al celebrar este 2017 su cuarenta aniversario. El artífice de su rico surtido es Nicolas Cloiseau, quien ha preparado para estas Navidades la colección Nuit Étoilée, muy estrellada como su nombre indica, o las piezas Iconiques XXL, para los que quieren calidad y cantidad. Antes, nos ha deleitado con propuestas inspiradas en el perfume Angel, de Mugler, que este año celebraba sus veinticinco primaveras; o sobre el universo del graffiti, en colaboración con el artista Nasty, con coloristas cajas de colección…

Huyo de lo industrial, aunque más de una vez caigo en ello, como desde el 1 de diciembre, cuando entre otras tentaciones, inauguré el calendario de adviento con chocolates de Paul, el rey del pan desde 1889. No me quejo, porque en pequeñas dosis, como todo, no hace mal.