Viajar en Rolls

Viajar en Rolls

Dijo la amante de la velocidad que era Françoise Sagan que “si hay que llorar, prefiero hacerlo en un Jaguar que en un autobús”. ¿Entonces, qué sería en un Rolls? “Ahí dentro se te quitan todas las penas”, replicarán muchos.

Hace 6 años tuve la suerte de visitar la factoría de la prestigiosa firma británica en Goodwood, que más tarde relataría en un reportaje en la edición mexicana de la revista AD, así como en el blog que por entonces tenía en Vogue.es. La sorpresa fue que de Londres a la planta de montaje, y viceversa, me trasladaron en un Rolls Ghost. ¡Qué experiencia más grata! Como en su día conté, el silencio en el interior era sepulcral, así como su gran estabilidad, hasta en el momento de dar importantes curvas.

Disfruté como un crío, recordando mi época de niño, cuando adoraba ir al Salón del Automóvil de París, donde me acercaba al stand de la insignia british, y hasta conseguí en cierta ocasión un catálogo, como el que me mandaría años después el distribuidor en España, Carlos de Salamanca. También, en mi etapa adolescente, los que veía por televisión, como aquel Corniche que Blake regalaba a Krystel en la serie Dinastía; y ya de joven, los clásicos, que siempre me embriagaron más que los modernos.

Todo esto me viene a la cabeza estos días, cuando he tenido la suerte de admirar una larga decena de modelos de la colección de Miguel de la Vía, de Torre Loizaga, en el Palacio Euskaduna de Bilbao, donde se exponen hasta el próximo 7 de enero. Un lujo para mi ciudad, donde se dice que en otros tiempos se contaban por docenas los modelos que circulaban –no sé si es una bilbainada o hace honor a la verdad-. Y al tiempo que recorro y admiro cada uno de ellos, creados entre 1910 y 1998, surge de nuevo aquella frase que me acompaña desde mi experiencia londinense: viajar en Rolls es flotar sobre la carretera, mientras se acaricia el cielo.